El reino del revés, mirar para otro lado

Parece una canción de María Elena Walsh pero el mundo está patas para arriba y cuando uno camina delante de la puerta de la oficina de empleo, puede ver como cada día al caer la tarde, el hall del edificio se convierte en el hotel de las personas que viven en la calle. 

Los hay de varias edades y en distintas condiciones, algunos flacos y barbudos, otros morrudos y lampiños, hay altos y bajos, con lo que de lejos parece que la diversidad cultural fuera el común denominador, pero bien mirados se ve su cara de profunda tristeza, su soledad, su resignación, su pobreza, y su salud deteriorada como si fueran valores morales que los reúne en una pequeña comunidad.

Son las mismas personas que a mediados del año pasado habían ocupado la garita de de colectivos de Belgrano y San Martin aunque no tenían la SUBE, y que anteriormente pernoctaban en el pasillo de la guardia del hospital sin tener cobertura médica, y que hoy pasan la noche en la puerta de la oficina de empleo pese a no tener trabajo.

Históricamente mueren de uno en uno cada invierno cuando vencidos por el alcohol, caen en un coma profundo antes de resguardarse de la helada, pero si la parca no hizo la visita nocturna, cuando lleguen los empleados de la oficina juntaran sus pocas pertenencias y se irán calle abajo por Belgrano como un río que desemboca en el mar, prenderán un fuego en la playa, y recuperada la temperatura mientras cocinan la comida en alguna vieja lata, treparán al centro haciendo de nuevo la ruta del vino.

Limosna y caridad, frío y tristeza, el temblor de la carne y el vino en la sangre calmando el dolor de tantas noches iguales, de tantos hombres muertos que miran sin ver, y tantos compañeros que no vuelven a despertar para ver a esos hombres ciegos.

Nuestro discurso social cuando decimos “están así porque quieren”  está a quilómetros de la humanidad que nos contiene, ellos están así porque el contexto no les dio elección, porque a ellos les lleno el vaso en vez del plato y a nosotros la cabeza antes que la conciencia. Están pobres Cristos, como dijo Don Alfredo Zitarrosa, “Poniendo la olvidada mejilla que no ponen ni él ni nadie a golpear”.


 

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