Hubo una vez, una ciclovía

Hace unos cinco años, los habitantes de la margen sur de Río Grande, contaban con una ciclovía. Se trataba de un sendero de cemento que unía la rotonda del barrio AGP –en la avenida Perito Moreno- y su otro extremo estaba ubicado frente al actual polideportivo del barrio Austral, en Tolhuin y Wonska.

Cuando comenzó el loteo de “La Oveja Negra”, la ciclo-vía, empezó a desaparecer. Primero, rota por partes. Luego, se intercalaron espacios cada vez más grandes entre escombro y tierra, y la querida y segura cinta de cemento, salvoconducto de peatones y ciclistas, se fue yendo despacito,   hasta quedar solo mojones distantes de asfalto y la memoria genética del camino. Finalmente, desapareció del plano físico. “Caminito que el tiempo ha borrado”.

Su lugar lo ocupa hoy la letra de aquel tango, pues, de la vereda que corría -paralela y más alta que la calle- solo quedan hoy, charco y polvo. Suelas gastadas, pies de barro. Pedales volando contra el viento.  Todos esquivando el tráfico por una banquina sin luces ni calle. Terrón de olvido sin semáforos. Al fondo del camino, guirnaldas de colores iluminan el agua bajo el puente. El sendero es memoria. Se resiste a morir y, el habitante, que desanda la distancia a pulmón y sangre, se larga al peligro que mezcla oscuridad y barro, en un coctel mortal de soledad y olvido.

Allí están, la mujer y el hombre. Pies cansados, frío y charcos. Bocinazos que interpelan la pobreza. Del lado sur del puente, se alza una rotonda. Babilónico jardín, árbol navideño.  Y el hombre de a pié, sigue a pié, esquivando autos, barro y sombras.

El contraste es, un ojo ciego que registra; denuncia y se sumerge al fondo de escritorios, mostradores y de archivos. Allí termina, olvidado, junto al hombre. Su destino ahora es el pasado.  Un cero a la izquierda, la misma autonomía del desgarro. Había una vez una ciclovía que -vaya paradoja- se la llevó el camino.


 

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