La ciudad y los perros

Una problemática que crece geométricamente es la de los perros sueltos. No los asilvestrados que se esparcen por los campos matando algunas ovejas, sino los que en jaurías pueblan las calles de la margen sur en las zonas de los asentamientos.

El tema no encuentra un responsable para culpar de la gran población canina en los barrios de la periferia. En tanto su complejidad trasciende las políticas públicas y privadas en general, el trasfondo social en particular es el reflejo de pobreza y miseria que seres humanos y animales comparten a diario.

Son callejeros por derecho propio. Siempre algún vecino les da de comer, pero no solo del hombre vive el pan. Un hueso no es sinónimo de salud, cuidado ni prevención. Como ocurre con estas situaciones, el responsable de la población de perros callejeros, es “x”. Trasciende el plano físico del individuo o grupo social y se instala en la categoría de la abstracción. La dimensión parece escapar al plano científico y sociológico toda vez que las cartas están jugadas. Del tema no se habla.

Uno puede cargar las tintas sobre la municipalidad y responsabilizar a los funcionarios de no destinar un presupuesto acorde a la solución del problema… pero quizás la cosa no pase por ahí. Es cierto que en los barrios de la periferia no se ve la camioneta de la perrera, tanto como que las campañas de castración de  mascotas están al orden del día. De hecho, el quirófano móvil –y gratuito- hace años que recorre la ciudad instalándose un tiempo en cada barrio. En la margen sur, lleva muchas temporadas un quirófano móvil que ya hecho raíces y  que castra –gratuitamente- a gatos y perros.

El municipio y zoonosis están de alguna manera presentes. Entonces el problema, ¿es de los vecinos, que no los castran? Quizás el vecino en su actitud humanitaria, solo puede acudir con un plato de comida o alguna sobra, y eso basta para que en la oscuridad de los barrios periféricos, el perro reparta una dosis de terror a propios y extraños mientras se gana el pan. Se establece entonces un pacto implícito entre el perro y el hombre; tú me cuidas la cuadra, yo te doy los fideos de anoche. Se reproduce el esquema de las clases sociales y todos caemos en picada perdiendo de vista si somos el hombre, o el perro.

La perspectiva humanitaria es simétrica, ya que tanto funcionarios como vecinos, se interesan por la vida de los animales. Entonces ¿Por qué sigue habiendo una población canina que se sale de control? ¿Habrá que pensar como un perro para saber lo que se siente? ¿Vivir sin hogar, comer de la basura, desnutrido, enfermo, sarnoso, agobiado por los perros más grandes y teniendo que huir permanentemente de los peligros? ¿O acaso un perro en los caniles municipales es más feliz que en la calle? ¿Puede una hembra desnutrida y callejera alimentar más de media docena de cachorros hambrientos?

Las organizaciones como “Guardia Animal” o “Pocas Pulgas” se sostienen con donaciones. En un esfuerzo de voluntad desinteresado, apenas logran repartir agua, comida y -a veces- pagan de sus bolsillos algún servicio veterinario cuando el animal llega al borde la agonía por una herida, la enfermedad, o el hambre.

Cuando una raza se pone de moda o hay que cubrir alguna ausencia, no falta un asalariado que recurre al bolsillo y –en vez de adoptar- se compra un perro como quien pide cigarrillos en el quiosco. Cuando el animal rompió o ensució algo pasa a convertirse en un estorbo, y sin más, es abandonado del otro lado del río con la misma distracción con que se arroja al suelo la colilla de un cigarro consumido.

Así las cosas, los perros nos ladran muerden e interpelan en cada calle de la margen sur. Cada ladrido es –a la vez- una muestra de coraje y de temor, un llamado de atención y un pedido de piedad a nuestra conciencia. El corazón delator nos llama y nos suplica que demos el siguiente paso por ese amor que profesamos hacia los animales. Tomemos el control. Por la higiene, por calidad de vida y la salud de “nuestros” perros callejeros, y por la de nosotros mismos.


 

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