El Oro para Osqui Guzmán

La sala Ángela Loig de la Casa de la Cultura, volvió a lucir las dos caras del teatro. “El Bululú”, unipersonal de José María Vilches, llevado a las tablas por Osqui Guzmán, fue el hilo conductor que llevó al público del drama y la comedia.

Pasadas las 21 hs, de una Casa de la Cultura casi colmada, se apagan las luces y, el repiqueteo lejano de una “Diablada de Oruro” crece con el silencio del público que se remueve inquieto en las butacas. La voz trémula de Osqui crece con el canto de una comparsa, mientras una luz comienza a iluminarlo lentamente, ataviado en su traje de diablo, bordado con hilos de oro.

El actor es, mitad él, y mitad personaje. Se presenta como hijo de padres costureros y heredero de ese oficio en la vida real. Pero es la Real Academia Española que lo ata de las manos a un futuro, en tanto que, de los pies, la tierra de sus padres lo sostiene. Osqui es testigo del unipersonal de Vilches y, a partir de allí, empieza a estudiar arte dramático, hecho éste que, sus padres, toman como una afrenta.

España se transforma en su madre intelectual y Bolivia en su madre natal. El oro robado a Bolivia por España, se mezcla con el siglo de oro de las letras del español castellano. A su vez, sus padres, cosen y bordan también con hilo de oro los trajes del carnaval del Altiplano. Aquí está el punto del conflicto que Osqui, tuvo que potenciar para quedar bien con el dios de España y, con el diablo de Bolivia.

Quizá, la mejor síntesis se da cuando, recitando el Romancero Gitano de García Lorca se acompaña al ritmo de baguala con una caja chayera. Los personajes salen como de una especie de galera y el público compra, se deja llevar y se eleva con el drama y comedia como dos caras instantáneas de una misma moneda.

Osqui brilla y es aplaudido entre uno y otro personaje, sin demasiado vestuario, más bien en la simplicidad del atuendo, el manejo de su cuerpo es, el recurso más valioso que sube a escena con él.

Su genialidad está dotada de un trabajo, y una humildad superlativa. De repente surgen los flashes espontáneos donde conecta con el público, lo hace presente y, hasta lo involucra. Se abre un paréntesis en su conductor hilo de oro y, establece una pantomima con un insecto en el que, solo cuerpo y sonido, el insecto inexistente parece más real que el propio Osqui.

Ya pasó una hora y media de espectáculo y, el actor-personaje brilla iluminado de sudor. Ha dejado la vida arriba del escenario y no se contenta con un aplauso, sale de atrás de las bambalinas y, alude a cada uno de los personajes que ha ido interpretando durante la noche. Cada personaje muestra su faceta característica y el público estremece y ovaciona a este actor Iberoamericano que, con su oficio de costurero, ha cosido su vida con el teatro y ha dejado bordado su nombre, en el corazón de los riograndenses con la misma hebra de oro.

Al Gran Osqui Guzmán, ¡gracias!


 

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