El Karate-Do, un granito de arena en los últimos 35 años de Río Grande

De la siembra de Carlos Kaless a la perseverancia de Vicente Sosa, el Karate-Do Shotokan forjó su propia historia en Río Grande, con 35 años de actividad que coincidieron con la expansión de una renovada ciudad.

En sintonía con la expandida ciudad de Río Grande de los ’80, influida por el esperanzador régimen de promoción industrial que inspiró la llegada de miles de migrantes en búsqueda de fuente laborales, la disciplina del Karate-Do Shotokan arribó a tierras sureñas de la mano del Maestro Carlos Kaless, en aquél entonces, un Suboficial de la Armada que puso la primera semilla del arte marcial japonés.

Oriundo de Trelew, Kaless cimentó las bases con el apoyo del Maestro MitsuoInoue y comenzó a difundir el estilo Shotokan en el antiguo pero vigente salón auxiliar del Centro Deportivo Municipal, a las espaldas del fervor del fútbol de salón, la principal atracción deportiva de la ciudad que llenaba las tribunas.

Pronto, Kaless dejó en manos de Raúl Cárcamo la Escuela de Karate-Do, pero un accidente de tránsito fatal en su ciudad, Puerto Montt, terminó con la vida del propio Cárcamo para sorpresa del, por entonces, pequeño grupo de practicantes, entre los que ya se encontraban Vicente Sosa y Julio Barrientos.

“Fue un golpe fuerte la muerte de Rául. Me enteré entrando a la ciudad, en la frontera, cuando venía de vacaciones. Había un papá de uno de los chicos que tenía relación con él y me puso al tanto de un accidente en Puerto Montt”.

Con el dolor a cuestas, la actividad continuó. “Pasaron los días y José Díaz (de la ciudad de Ushuaia), ordenado por SenseiInoue, preguntó si me hacía cargo de la Escuela de Karate”, describe Sosa, quien agrega que “algunos alumnos aceptaron y otros se fueron”.

Sosa comenzó a impartir clases en el Centro Deportivo, aunque con cierta experiencia en el club QRU, uno de los más antiguos de la ciudad.

Casi en paralelo, también debió afrontar una dura situación con el fallecimiento de su madre, por lo que dejó sus estudios en el quinto año y entró a trabajar a la empresa Radio Victoria Fueguina, su actual fuente laboral, con apenas 17 años.

“Ya hace 37 años que estoy en la empresa. En esa época tomaban al primero que llegaba. Tengo compañeros que dicen ‘yo estaba bajando del avión y me decían si quería trabajar en tal lado”, recuerda.

Nacido y criado en Río Grande, Vicente, como muchos otros contemporáneos suyos, analizó la posibilidad de migrar hacia otro lugar luego de seis meses en el Regimiento de Infantería de Río Gallegos, pero desistió pronto de esa posibilidad y conoció a Eugenia, su actual compañera y madre de sus dos hijos, Esteban (20) y María Emilia (15).

“Río Grande es nuestra casa. Esta bendita ciudad nos ha dado satisfacciones y muchas alegrías. Todo lo que tenemos es por Río Grande, por el trabajo. No estoy arrepentido de nada. Acá es una ciudad tranquila”, describe, a punto de la celebración de los 97 años de Río Grande.

El Karate-Do dio una muestra de perseverancia durante la Guerra de Malvinas, en 1982: “Se practicaba a oscuras y era difícil. Teníamos al Jefe del Aeropuerto de la Base Aeronaval. Practicábamos en el colegio Don Bosco porque el Centro Deportivo Municipal se empezó a utilizar como albergue para la llegada de tropas que se hospedaban ahí y salían hacia Malvinas o viceversa”.

Como en Río Gallegos, Vicente no olvida su paso por el BIM N° 5, otra de las instituciones testigo del crecimiento de Río Grande, donde dio clases de Karate durante cinco años pero, además, recibió un apoyo constante: “Ir a un curso en Buenos Aires era bastante difícil y trabajábamos mucho con las Fuerzas Armadas, había muchos militares que practicaban y los jefes y comandantes nos daban una mano con los pasajes, ya que la aerolínea comercial tenía un costo muy alto”.

El Batallón –define- “es el corazón de Río Grande” y siempre colaboró con las familias, con una panadería y diferentes servicios para la comunidad.

Vicente, que recuerda a la Escuela N°2 “Benjamín Zorrilla”, la sede de la Policía (sobre la calle Elcano), el Colegio Don Bosco, el cine de El Roca, el viejo Hospital Regional Río Grande y los clubes San Martín, QRU y O’Higgins como principales íconos de la ciudad, reflexiona sobre el aporte que realiza con el paso de los años la disciplina que conduce, en el seno de la comunidad riograndense: “Hemos llevado adelante esto en las buenas y en las malas, brindando un granito de arena. El karate brinda respeto, humildad, cordialidad, solidaridad; eso tratamos de transmitirles a los alumnos”.

Y, con orgullo producto del trabajo realizado, que continúa en la actualidad, siente “una alegría doble” con la que redondea sus palabras: “Hoy en día tenemos abogados, periodistas, doctores, arquitectos, policías; hay una gran cantidad de chicos, hoy ellos están trayendo a sus hijos”.


 

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